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martes, 18 de septiembre de 2012

El gaucho, Güemes y la mujer en la lucha por la emancipación

El gaucho, Güemes y la mujer
en la lucha por la emancipación

La pre­sen­cia del pue­blo en las luchas por la inde­pen­den­cia, se con­cretó en el verbo de Patria. El caba­llo fue uno de los com­pa­ñe­ros de nues­tros gau­chos, en la titá­nica empresa de cons­truir nues­tra Patria.
El pai­sa­naje era gente humilde de ojos acuo­sos y manos con pene­tran­tes olor a cuero sobado. Los gau­chos nunca fla­quea­ron en las sen­das estre­chas ni en los pedre­ga­les áspe­ros, por­que esta­ban hechos a las sel­vas enma­ra­ña­das y a las sie­rras esca­bro­sas, ya esca­lo­nando cerros o viviendo ocul­tos entre las bre­ñas pero, siem­pre, insom­nes, vigi­lan­tes, enar­de­ci­dos, para atro­pe­llar furio­sos como el río que de las nacien­tes baja tajando barrancas.
De una leal­tad inque­bran­ta­ble, que no le preo­cu­paba el dinero, y sobre todo, man­te­nía en todo tiempo el sen­ti­miento de la dignidad.
Entre los docu­men­tos exis­ten­tes en el Archivo His­tó­rico de Salta se encuen­tra uno donde mues­tra sobre las con­di­cio­nes varo­ni­les del gau­cho cuando se lee lo siguiente: “Mi esposo falle­ció el día vier­nes santo, en las inme­dia­cio­nes de Jujuy, peleando vale­rosa y heroi­ca­mente con los tira­nos y crue­les enemi­gos de nues­tro gobierno Ame­ri­cano. No hay sacri­fi­cio que no merezca la Patria, los que derra­men su san­gre en el campo del honor, nunca mue­ren, por­que viven siem­pre en la memo­ria de sus com­pa­trio­tas. Este pla­cer, con­suela mi viu­dez… Mi marido y yo no tuvi­mos más cau­dal que nues­tras vidas: mi marido per­dió la suya…”
Son innu­me­ra­bles los tes­ti­mo­nios tanto de los patrio­tas como de los ofi­cia­les espa­ño­les e ingle­ses que se refie­ren al accio­nar de los gau­chos con su gue­rra de guerrillas.
En estos momen­tos que nues­tra que­rida patria sufre de una cri­sis moral, falta de fe y de un sen­tido nacio­nal debe­mos tomar como ejem­plo a aque­llos hom­bres y mujeres.
El espí­ritu de Mayo como el de crear una nación libre y soberana.
En el año 1821 una vida se apagó como una llama de papel en el viento.
Gene­ral: tú no has muerto, No. Mar­tín Miguel de Güe­mes, vive aún. Tu pue­blo te acom­paña. Ya te reco­no­cen a lo largo y ancho del país lo que hiciste por la liber­tad his­pa­noa­me­ri­cana. Fuiste gau­cho y señor de los valles y las montañas.
Hom­bre y cen­tauro, carne de com­bate. Hoy te vemos, señor de la Epo­peya, cau­di­llo de la empresa liber­ta­ria de la “gran nación ame­ri­cana” con­du­ciendo a tus gau­chas mon­to­ne­ras en aras de la glo­ria y la hazaña entre un ronco tro­nar de los guar­da­mon­tes y un ulu­lar de lan­zas y tacua­ras; a los pon­chos rojos incen­diando el monte y un gris pol­va­de­ral en las batallas…
Gene­ral: te pedi­mos acep­tes este reco­no­ci­miento por­que con tu fuerza moral, resig­nando tus prin­ci­pios, seguiste luchando por la paz de esta nación his­pa­noa­me­ri­cana que daba sus pri­me­ros pasos por su liber­tad e independencia.
En esta recor­da­ción no para llo­rar a un grande, gene­ra­dor de toda una epo­peya: a un cau­di­llo de la resis­ten­cia; al señor gau­cho de las legen­da­rias car­gas a sable y lanza; a un firme pun­tal de la defensa de los cami­nos del Alto Perú que vivió desde muy joven en las hela­das arro­gan­cias de la mon­taña; en el sordo fra­gor de los torren­tes o en la selva –vivero sal­vaje de vege­ta­ción, de fie­ras y de alimañas-, sino para enri­que­cer­nos con el ejem­plo del hom­bre que dur­mió bajo las estre­llas y a la luz tem­blo­rosa del fogón, dán­dolo todo por la liber­tad ame­ri­cana; el gene­ral Don Mar­tín Miguel de Güemes.
Muchos, a la his­to­ria de los pue­blos la escri­bie­ron en base de las empre­sas gue­rre­ras y la glo­ria de los mis­mos está en razón directa con el número de sus vic­to­rias. Tal vez sea este con­cepto que lleva a hacer incom­pleta la bio­gra­fía de los héroes, pre­sen­tán­do­los casi siem­pre como el arque­tipo del mili­tar, dejando con esto de lado al hom­bre, modelo de carác­ter y ejem­plo para la juventud.
Junto con sus gau­chos sal­te­ños, juje­ños y tari­je­ños, con sus ros­tros impá­vi­dos por la emo­ción que da el can­san­cio, de revuel­tas y sucias bar­bas y de mira­das inmó­vi­les, durante siete años de lucha, rega­ron con san­gre liber­ta­ria los cam­pos de lo que hoy es Boli­via, Jujuy y Salta.
Mar­tín Miguel de Güe­mes no sólo debió enfren­tar a los enemi­gos de afuera, sino tam­bién a las pasio­nes huma­nas inter­nas; pero, nunca uti­lizó el poder que tenía para satis­fa­cer mez­qui­nas ambi­cio­nes nunca uti­lizó el poder que tenía para satis­fa­cer mez­qui­nas ambi­cio­nes per­so­na­les, salvo para ser­vir a obje­ti­vos fun­da­men­ta­les y nobles: la inde­pen­den­cia de la patria y la auto­de­ter­mi­na­ción de los pueblos.
De ese mismo pue­blo que lo llegó a lla­mar “el padre de los pobres” en con­tra­po­si­ción de otro que lo calum­niaba y lo negaba.
Güe­mes fue un hom­bre de una vida llena de renun­cia­miento, aus­tera, abne­gada que sacó del dolor una fuerza; de la inju­ria un aci­cate y de la derrota una revancha.
Mar­tín Miguel de Güe­mes triunfó y hoy está sobre un peñasco abri­llan­tado de heroísmo y de glo­ria inmar­ce­si­ble. Por su pre­ma­tura muerte, a los 36 años, no pudo reunirse en el Perú con San Mar­tín y Boli­via, cuando la patria más lo necesitaba.
No dude­mos que su vida es ejem­plo para hoy y para la pos­te­rio­ri­dad. Güe­mes nació hidalgo y esa hidal­guía venía de lejos lle­vaba en su san­gre flu­jos de nobles que le hubie­ran per­mi­tido vivir para reinar, pero no, pre­fi­rió vivir para sufrir.
Desde muy niño y des­pués como cadete con­vi­vió con el cam­pe­sino; lo vio reír y pade­cer; galopó con él por los mon­tes, las que­bra­das y los desier­tos. Les enseñó el manejo de las armas y a que­rer a la Patria hasta por ella morir. Y su nom­bre se pro­paló como el eco en los cerros y corrió como el agua fresca de los manantiales.
Claro está que tenía una sólida base cul­tu­ral que la mani­fes­taba en muchos de sus escri­tos, en donde sur­gen sus cono­ci­mien­tos sobre temas jurí­di­cos, lite­ra­rios, filo­só­fi­cos y militares.
Este hom­bre, a quien hoy esta­mos recor­dando, a lo largo de su exis­ten­cia des­pre­ció los bie­nes mate­ria­les para incli­narse a lo espi­ri­tual, acti­tud muy pro­pia a la de su for­ma­ción católica.
Un ejem­plo: ” Arro­jen de noso­tros la sober­bia, el orgu­llo y la alti­vez, vicios que des­hon­ran la huma­ni­dad y la devo­ran, e impo­nen cade­nas más duras, y pesa­das, que los enemi­gos impo­ten­tes de la España”. Este pen­sa­miento surge de la lec­tura de un ofi­cio enviado al Direc­tor Supremo Igna­cio Álva­rez Tho­mas, el 11 de octu­bre de 1815.
Por defen­der los sacro­san­tos dere­chos de la Patria” estuvo lejos de su fami­lia y de sus intere­ses, some­tién­dose a pri­va­cio­nes y hasta momen­tos afligentes.
Güe­mes, gober­nante capaz y probo en la dura tarea de for­jar la nacio­na­li­dad, en muchas oca­sio­nes llegó a no per­ci­bir sus habe­res como man­da­ta­rio y res­paldó con sus bie­nes gas­tos de la gue­rra. En una carta que le escribe a Bel­grano, el 27 de junio de 1818, le dice: “Hoy mismo mar­cho a Jujui… No ha podido ser antes, como he que­rido, por­que usted sabe que la pobreza, todo lo tras­torna y retarda. Pero al fin, he con­se­guido que el comer­cio me supla dos mil pesos, ase­gu­rando el pago a letra vista y afian­zán­dolo con sus bie­nes. A todo esto me obliga la nece­si­dad y el amor al país. Con­fieso a usted que cada cosa de éstas, es un sacri­fi­cio que hago de mi misma per­sona, ofre­cién­dola a la liber­tad de la patria…”
De esta pobreza el pro­pio doc­tor José Red­head, médico de cabe­cera de Manuel Bel­grano, el 6 de julio de 1813, en carta que le escribe al Jefe de la Esta­ción Naval de Sud Amé­rica para pro­te­ger el comer­cio bri­tá­nico en el Río de la Plata, como­doro Bowles, le señala, entre otras cosas: “… ¡usted puede creerlo!, los enemi­gos de Güe­mes en Tucu­mán cre­cen en pro­por­ción de los sacri­fi­cios que él hace para defen­der­los. En ver­dad se sien­ten movi­dos por la envi­dia que, como usted sabe, es la pasión que gobierna a estos natu­ra­les. Él (Güe­mes) poco se cuida de todo eso: atiende lo que debe hacer, come asado cuando puede pro­cu­rár­selo, anda medio des­nudo, sin un peso para com­prar vino o aguar­diente, rara vez duerme bajo techo y deja a la calum­nia inven­tar cuan­tas his­to­rias se le antoje…”
Fue de nobles sen­ti­mien­tos y de incal­cu­la­ble con­ducta. En un bando diri­gido a los habi­tan­tes de Jujuy, el 22 de abril de 1819, mani­fiesta, entre otras cosas: …“No quiero veros más envuel­tos en lágri­mas y san­gre… no temáis a esos cobar­des; corred pre­su­ro­sos a humi­llar su orgu­llo hasta sepul­tar­los en el olvido y… para que dejéis escrito a la pos­te­rio­ri­dad un eterno ejem­plo de valor y cons­tan­cia que excite su emu­la­ción. Venid, por último, todos que yo en la escuela de los tra­ba­jos donde apren­die­ron mis bra­vas legio­nes el arte de pelear os ense­ñaré la senda del honor y de la gloria…”
Güe­mes, un gau­cho entre los gau­chos, al decir de Ati­lio Cor­nejo “no con­ci­bió nunca que su pro­vin­cia estu­viera ale­jada de la Nación y, por ende, de las demás Pro­vin­cias Uni­das del Río de la Plata y, per­ma­nen­te­mente, estuvo some­tido a las deci­sio­nes del poder cen­tral, vínculo de unión nacio­nal que, en su con­cepto, era indestructible”.
Lo reco­da­mos a Güe­mes como un pro­pul­sor de la gran nación ame­ri­cana como hom­bre de ense­ñanza, como maes­tro de almas, como ejem­plo de hom­bre de tem­ple. En todo lo grande que puede ser un hom­bre. Opor­tuna evo­ca­ción ésta, cuando se dice que el mundo soporta una cri­sis moral.
No se dejó ten­tar con ofre­ci­mien­tos que le efec­tua­ron los jefes rea­lis­tas como: Pedro Anto­nio de Ola­ñeta, Gui­llermo Mar­quie­gui, Joa­quín de la Pezuela y José de la Serna, por­que él fue: “Rico y noble por naci­miento, todo lo ha sacri­fi­cado por la Patria, y no tuvo título de nobleza más glo­rioso que el amor de sus sol­da­dos y la esti­ma­ción de sus conciudadanos”.
Desde aquel 7 de junio de 1821, fecha que fue herido de muerte nues­tro héroe máximo, su vida comenzó a arder como una llama votiva, agi­tada por el espí­ritu puro de la liber­tad y encen­dida por el amor ante la ima­gen de la ima­gen de la patria. Patria y liber­tad, dos tér­mi­nos inse­pa­ra­bles como el fuego y la luz; como el heroísmo y la glo­ria. De él nos queda su hom­bría como reflejo inasi­ble que todo lo pene­tra y lo santifica.
Mar­tín Miguel de Güe­mes está en la eter­ni­dad del bronce y de la his­to­ria, desde donde, seguro estoy, está rogando que los colo­res celeste y blanco de la ban­dera se con­fun­dan con el celeste y blanco del cielo y que su sol no sea de gue­rra sino de espe­ranza y futuro de todos los argentinos.
Res­pon­der a una carta del jefe rea­lista Pedro Anto­nio le Ola­ñeta, le res­ponde Güe­mes “No quiero favo­res en per­jui­cio de mi país; éste ha de ser libre a pesar del mundo entero)… Nada temo, por­que he jurado sos­te­ner la inde­pen­den­cia ame­ri­cana, y sellarla con mi sangre”.
Pos­tu­ras simi­la­res, la de su firme fe por la liber­tad de su patria, la unión de las die­ci­ocho pro­vin­cias de esta Amé­rica del Sur hasta dar su vida misma hay impre­sas en car­tas inter­cam­bia­das con: José de San Mar­tín, Manuel Bel­grano, Juan Mar­tín de Puey­rre­dón, Ber­nabé Aráoz, Pedro Igna­cio Cas­tro Barros, Juan Facundo Qui­roga, Fran­cisco Ramí­rez, Juan Bau­tista Bus­tos, Ale­jan­dro Here­dia, Ber­nardo de O’Higgins, José Andrés Pacheco de Melo, José Ron­deau, José Arti­gas, José Pérez de Uriondo y Mar­tín Rodrí­guez, algu­nos de los nom­bres extra{idos de una larga lista de des­ti­na­ta­rios y remitentes.
Tam­bién sus prin­ci­pios los sos­tiene en actas, pro­cla­mas y ofi­cios como aquel que enviara al gober­na­dor de Cuyo dicién­dole: “… yo no puedo pres­cin­dir del amor a la liber­tad y del ali­vio que debo pro­por­cio­nar a los afli­gi­dos her­ma­nos del Perú. Nom­brado Gene­ral en Jefe del Ejér­cito de Obser­va­ción, ha sido mi única aten­ción la de orga­ni­zarlo y ponerlo en estado de abrir una cam­paña, que ha de sellar para siem­pre nues­tra sus­pi­rada inde­pen­den­cia. A los doce días de reci­bida la comu­ni­ca­ción del exce­len­tí­simo señor capi­tán gene­ral, ya tenía dos mil hom­bres dis­pues­tos a lle­var a cabo tan noble proyecto”.
Con­cluyo resal­tando el ver­da­dero sen­tido ame­ri­ca­nista –hoy des­co­no­cido hasta por los pro­pios sal­te­ños– del Gene­ral Don Mar­tín Miguel de Güemes.
Dicen que detrás de un hom­bre inte­li­gente hay una gran mujer. Es por ello que, apro­ve­chando la aten­ción de uste­des, pre­tendo tri­bu­tar un home­naje a todas las muje­res (abo­rí­ge­nes, mes­ti­zas e inmi­gran­tes) que fue­ron pro­ta­go­nis­tas de lo que hoy puede ser la “gran nación Americana”.
Ini­ciando este reco­no­ci­miento no puedo extraerme del papel que cum­plió aque­lla dama nacida en Madri­ga­les de las Altas Torres, en 1451, a Isa­bel la Cató­lica, quien pro­te­gió a Cris­tó­bal Colón en su empresa con­quis­ta­dora de 1492.
Antes de morir enco­mendó y obligó “al rey y a los prín­ci­pes suce­so­res que pusie­ran todos los esfuer­zos para dar lugar a que los natu­ra­les y mora­do­res de las Indias y tie­rras fir­mes, gana­das y por ganar, reci­bie­sen agra­vio alguno en sus per­so­nas y bie­nes, sino que fue­sen bien y jus­ta­mente tra­ta­dos, y si algún agra­vio hubie­sen ya reci­bido que lo reme­dia­sen y proveyesen”.
Hay otra expre­sión que enno­blece a su majes­tad Isa­bel la Cató­lica, su humil­dad. En su pro­to­colo esta­ble­ció que se le diera sepul­tura en el monas­te­rio de San Fran­cisco de Gra­nada, cubierta con hábi­tos fran­cis­ca­nos en sar­có­fago bajo y cubierto con una lápida plana y aus­tera; que sus fune­ra­les sean sim­ples, sin pen­do­nes de luto y sin exa­ge­ra­das velas y de lo que debía gas­tarse en su inhu­ma­ción se des­tine en dar ves­ti­dos a los pobres y para ayu­dar a jóve­nes menes­te­ro­sas que quie­ran con­sa­grarse al ser­vi­cio de Dios.
La reina fue el alma diná­mica, dis­tri­bui­dora de con­tri­bu­cio­nes y vitua­llas para la esplén­dida cam­paña que desa­rro­lló Cris­tó­bal Colón aquel 12 de octu­bre de 1492, cuando con sus navíos trajo a Amé­rica la Cruz de Cristo, la cul­tura euro­pea y el idioma. Esta gesta, ade­más, per­mi­tió la mez­cla de san­gre dando lugar al naci­miento de una nueva raza, la mestiza.
Los pri­me­ros espa­ño­les que lle­ga­ron a estas tie­rras se encon­tra­ron con que la mujer se desem­pe­ñaba en infe­rio­ri­dad de con­di­cio­nes con res­pecto a los hombres.
Por ejem­plo, en los mayas ambos comían por sepa­rado y si lle­ga­ban a encon­trarse en el andar, la mujer debía apar­tarse bajando la vista. Los azte­cas, por su parte, podían arro­jar de sus hoga­res a las muje­res de mal com­por­ta­miento, hara­ga­nas o esté­ri­les; aun­que las muje­res mal­tra­ta­das, o no debi­da­mente man­te­ni­das, podían sepa­rarse de sus mari­dos; mien­tras que las viu­das sola­mente podían casarse con el her­mano del difunto. Henri Laman dice que había pros­ti­tu­ción y que los ple­be­yos cedían a los nobles sus hijas como con­cu­bi­nas y que la poli­ga­mia era posi­ble en la medida de la for­tuna del varón.
Entre los qui­chuas exis­tía la cos­tum­bre que el Inca, cuya esposa, dire­mos ofi­cial, debía ser her­mana y podía tomar otras mujeres.
Por otra parte, se cuenta que entre los mapu­ches, a la muerte del hom­bre, la mujer pasaba al hijo mayor o pariente más cer­cano y sos­tiene que en la Amé­rica pre-colombina las tareas de hor­ti­cul­tura estu­vie­ron en manos de las mujeres.
Era cos­tum­bre de los chib­chas que el tri­buto al caci­que se pagara con muje­res que, escla­vi­za­das tenían hijos con aquel. El mismo autor dice que esos niños se con­ver­tían en man­jar de su padre en actos de cani­ba­lismo repugnantes.
Son muchos los tes­ti­mo­nios sobre el estado en que vivía la mujer, que al día de hoy pode­mos con­si­de­rarlo como abe­rrante pero, hace mas 500 años atrás era parte de un sen­tido de vida.
Al lle­gar los con­quis­ta­do­res, muchos de ellos se unie­ron con las nati­vas y comen­za­ron a ges­tar los pri­me­ros mes­ti­zos. Si eran casa­dos, con­vi­vie­ron con las abo­rí­ge­nes hasta que lle­ga­ron sus espo­sas; si eran sol­te­ros, hasta que se casa­ran con penin­su­la­res y otros for­ma­ron con las indias fami­lias bien constituidas.
La his­to­ria­dora Lucia Gál­vez, autora de “Muje­res de la con­quista” refle­xiona que los espa­ño­les, “para tran­qui­li­zar sus con­cien­cias, se con­for­ma­ban con bau­ti­zar y cate­qui­zar sus que­ri­das, con­ver­ti­das en una suerte de “amas de casa” mien­tras durase el con­cu­bi­nato”. Esta tesis, al pare­cer, surge de lo que expre­sara Fran­cisco de Agui­rre: “…se hace mas ser­vi­cio a Dios en crear mes­ti­zos que el pecado que con ello se comete”.
Mien­tras tanto, en España, muchas espo­sas de expe­di­cio­na­rios rea­li­za­ban los tra­mi­tes para poder via­jar al nuevo con­ti­nente y encon­trarse con su ser que­rido. En Europa, en aque­llos tiem­pos, había una súper pobla­ción de mujeres.
Tenían varios cami­nos a seguir: via­jar a las tie­rras des­cu­bier­tas con el deseo de con­traer matri­mo­nio, man­te­ner su sol­te­ría, o el convento.
En el ter­cer viaje de Colón, se faculta por pri­mera vez a via­jar a treinta muje­res, quie­nes debie­ron hacer una serie de trá­mi­tes en la Casa de Con­tra­ta­cio­nes y, con pos­te­rio­ri­dad, nego­ciar con el capi­tán de la nave el pre­cio del viaje. Una vez acor­dado el per­miso se le entre­gaba una lista de ele­mento que debían uti­li­zar para el viaje: ropa de cama, varias mudas de ropa, tasas y bate­ría de cocina, bebi­das y ali­men­tos para cubrir las nece­si­da­des de más de tres meses de travesía.
Teresa Pios­sek Pre­bich –de quien he tomando algu­nos datos para esta nota– expresa: “todos comían a igual hora, tras haber coci­nado en el fogón común ins­ta­lado en la cubierta, que no se encen­día se había mal tiempo. Los ali­men­tos, salvo en los pri­me­ros días que se encon­tra­ban fres­cos, al pro­me­diar el viaje esta­ban enmohe­ci­dos o des­com­pues­tos, lo mismo que el agua, que se vol­vía hedionda y de mal sabor. No obs­tante los sedien­tos pasa­je­ros aguar­da­ban ansioso el momento en el que el capi­tán les hiciera ser­vir la ración diaria”.
La mujer lle­gada a tie­rra firme debía cum­plir nume­ro­sas tareas: la lim­pieza de las vivien­das, la cocina, la cos­tura, el cui­dado de los hijos y ente­na­dos, la ense­ñanza de las pri­me­ras letras, la doc­trina y ocu­pando el rol que le corres­pon­día al esposo, como la aten­ción de enfer­mos y heri­dos, como cen­ti­nela y gue­rreando con los sal­va­jes si era necesario.
Poco tiempo pasó para que, entre espa­ño­les y nati­vas pudie­ran con­vi­vir den­tro de un marco de gran armonía.
Hasta la Corona lla­ga­ron cuan­tio­sas impu­tacio­nes de atro­pe­llos come­ti­dos por parte de algu­nos penin­su­la­res, obli­gán­dola a dic­tar una seria de medi­das ten­diente a pro­te­ger a las nati­vas y sus hijos. Entre otras, figu­ra­ban estar excep­tua­das del tra­bajo en las minas y de la labranza las indias con un emba­razo mayor a cua­tro meses; las indias sol­te­ras debían tra­ba­jar con sus padres, y las casa­das no debían ser com­pe­li­das a efec­tuar tra­ba­jos mine­ros. La mujer abo­ri­gen no pagaba tri­buto. Y no se la podía obli­gar a ama­man­tar niños blan­cos cuando lo estaba haciendo con los suyos pro­pios; en los obra­jes no se per­mi­tían tra­ba­jar a muje­res, a menos que se tra­tara de la labor pro­pia del sexo y fue­ran acom­pa­ña­das de sus padres, her­ma­nos ó esposos.
En auxi­lio de la moral de la mujer india, se prohi­bió que los padres rega­la­sen a sus hijas o que las tuvie­ren ence­rra­das en su casa y, así tam­bién, se prohi­bió la poligamia.
Con res­pecto a las indias sol­te­ras, se les impi­dió que sir­vie­ran a los caci­ques, que andu­vie­sen solas pas­to­reando gana­dos, ni que fue­ran cria­das sin el per­miso de sus padres o las casa­das de sus maridos.
Pos­te­rior­mente, nati­vas y penin­su­la­res vol­vie­ron a encon­trarse a tra­vés de la obra evan­ge­li­za­dora, tra­ba­jando jun­tas en la difu­sión de la fe cris­tiana. Y como fruto de este apos­to­lado fue con­sa­grado a tra­vés de los años, nume­ro­sos san­tos ame­ri­ca­nos, ya sean indí­ge­nas, mes­ti­zos o mulatos.
Con esta apre­tada nota, como ya lo expre­sara, solo he pre­ten­dido recor­dar todas las muje­res (abo­rí­ge­nes, inmi­gran­tes y mes­ti­zas) que con esfuer­zos heroi­cos y con sacri­fi­cios, fue­ron pro­ta­go­nis­tas de esta his­to­ria de América.
Final­mente me pro­pongo a tri­bu­tar el home­naje a la mujer sal­teña que tras la lucha por la inde­pen­den­cia, gue­rra que en muchos casos divi­dió a la fami­lia. Por sus idea­les se sepa­ra­ron mari­dos y muje­res; padres e hijos y hasta en algún momento debie­ron enfren­tarse en el campo de bata­lla her­ma­nos con­tra her­ma­nos. Así se escri­bie­ron las pági­nas de la historia.
La tira­nía del espa­cio me obli­gan a abs­traerme del nom­bre de algu­nas de ellas, dado que sus apor­tes los hicie­ron den­tro del mayor anonimato.
Vea­mos algu­nos ejem­plos: Para apo­yar a los ejér­ci­tos de la patria con dinero, joyas y vitua­llas a se puede men­cio­nar, entre otras, a: María Josefa Álva­rez de Are­na­les, a quien San Mar­tín la con­de­coró con meda­lla de oro y banda “al patrio­tismo, para hon­rar el pecho de las damas que ha sen­tido la des­gra­cia de la Patria”; a Isa­bel Aráoz de Figue­roa, quien puso en manos de Bel­grano su collar de per­las de valor con­si­de­ra­ble que había lucido durante el baile cele­bra­to­rio del triunfo del 20 de febrero para “las cajas del ejér­cito”; a Juana Azur­duy de Padi­lla, que alcanzó el grado de teniente coro­nel y nomi­nada como la “heroína de Amé­rica” quien entregó a sus cua­tro hijos varo­nes, muer­tos en com­ba­tes; a Mila­gro Cabre­ros de Reta­mozo de Plaza, nacida en Cachi, a l5 años abrazó la causa de la inde­pen­den­cia y al ente­rarse de la muerte de Güe­mes se des­pren­dió de sus joyas y bie­nes para que se con­ti­nuara la gue­rra gau­cha; a Ber­narda Díaz de Zam­brano, quien donó impor­tan­tes sumas de dinero para el Ejér­cito del Norte; a María Ger­tru­dis Medei­ros de Cor­nejo, quien debió sopor­tar per­se­cu­cio­nes por parte de los rea­lis­tas cono­ce­do­res que esta carac­te­ri­zada dama radi­cada en Campo Santo más de una vez no hizo levan­tar la caña de azú­car para pro­por­cio­narle ali­mento a la caba­llada de los ejér­ci­tos patrio­tas. Su pro­pie­dad fue incen­diada y ella tras­la­dada a Jujuy cubriendo un tra­yecto de casi cien kiló­me­tros cami­nando y engri­llada. Desde su cau­ti­ve­rio bus­caba el medio para hacer lle­gar infor­ma­cio­nes a Mar­tín Miguel de Güemes.
Merece un párrafo aparte Car­men Puch de Güe­mes, esposa del Gene­ral desde sus 18 años, quien por el dolor del ase­si­nato de su ser amado, buscó la muerte: inmó­vil, muda, cor­tán­dose su esplén­dida cabe­llera, cubrién­dose su cabeza con un largo velo, debi­li­tán­dose en el sitio más oscuro de su habi­ta­ción hasta el 3 de abril de 1822, vale decir a los ocho meses que Güe­mes pasó a la inmortalidad
Autor: Andrés Mendieta