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sábado, 23 de marzo de 2013

MITOS Y LEYENDAS SOBRE EL PELAJE DE LOS CABALLOS.



Hace 25 minutos 

MITOS Y LEYENDAS SOBRE EL PELAJE DE LOS CABALLOS.
Así como el signo del zodíaco para los seres humanos, el hombre de campo según el pelaje del caballo le asigna propiedades sobresalientes o de las otras. Algunas de estas condiciones tienen algún asidero científico, otras son mitos que han pasado de generación en generación.
Los blancos, de ellos se dicen que son caballos muy sudadores y por lo tanto poco resistentes para andar al rayo del sol. Esto puede ser debido a la cantidad de albinismo, es decir pestañas blancas que se dan en estos animales y por supuesto no ven bien en la claridad del sol.
Además se les atribuye atraer los rayos durante las tormentas. En la”Huella para mi tropilla”, Fernán Silva Valdés tiene una cuarteta que dice: “A la huella, la huella, caballo blanco, cuidado en las tormentas, que atrae el rayo”.
Las yeguas blancas eran las preferidas para los sacrificios entre los indios, e incluso el caballo zarco era de mal agüero. Basta recordar aquel pasaje del Martín Fierro cuando llega la peste a la toldería y los indios matan a un chico, cautivo blanco por tener los ojos claros como echándole la culpa de la epidemia.

Había un gringuito cautivo
Que siempre hablaba del barco
Y lo ahogaron en un charco
Por causante de la peste;
Tenía los ojos celestes
Como potrillito zarco.

De los tordillos oscuros se dice que son muy buenos nadadores.
Los bayos son considerados como los más bonitos y elegantes. El famoso cacique Ramón tenía un bayo que era envidiado por su belleza, conformación y su elegancia para trotar y el célebre Baigorrita tenía un bayo cabos blancos que era su mejor animal de pelea, no debemos olvidar el bayo con el que el general San Martín entró en combate en San Lorenzo, del cual el General Bartolomé Mitre en su historia de San Martín dice: “El General San Martín, al bajar precipitadamente de su observatorio encontró al pie de la escalera a Robertson, a quien dirigió esta frase – Ahora en dos minutos más estaremos sobre ellos espada en mano. Un arrogante caballo bayo de cola cortada al corvejón, militarmente enjaezado, se veía a pocos pasos, teniéndolo de la brida su asistente Gatica. Montó en él, apoyando apenas el pie en el estribo y corrió a ponerse al frente de sus granaderos.
Los gateados son ponderados como hábiles y voluntariosos. Hay un viejo refrán que dice: “Cuando montás un gateado, montás una tropilla”.
Dicen que los lobunos son infatigables, bravos y desconfiados, esto los hace peligrosos para aquel que no es buen jinete, dado que se dice que son espantadizos ante lo desconocido. Hay una copla que dice:
“Cuidado con el lobuno
en la mañana muy fría,
que arriba vigila Dios
pero abajo el diablo mira”.
Los moros son muy buscados por los paisanos, más si son dueños de algún chapeado, pues la plata se luce muy bien sobre el pelaje oscuro.
Aquí debemos recordar al moro de Martín Fierro en la literatura y el famoso moro de Facundo Quiroga.
De estos caballos se dice que se les puede confiar el alma.
“a la huella, la huella,
caballo moro
contigo y con mi prenda,
lo tengo todo.”
De los picasos se dice que son animales veloces y con mucho pique de arranque, de ellos hay la creencia que fueron engendrados en un día de tormenta con rayos o con viento fuerte, por eso son ligeros como el rayo o como el viento.
Los rosillos tienen sobre su lomo la creencia de ser animales lerdos y flojos para trabajar.
Un pelo muy apreciado también es el pangaré, dice la copla: Pangaré, Pangaré, galopa que te veré.
Una historia refiere que el cacique Calfiaó, encontrándose perseguido por una patrulla y con su caballo boleado atrás, logró huir de sus perseguidores llevando en ancas de su pangaré a un hijo de 15 años.
Y también en nuestra zona hay que recordar al famoso Pangaré Buey llamado también el pangaré buey del Salado, un parejero que no perdió una sola carrera en toda su vida. Su dueño era el coronel Benito Machado.
De los zainos se dice: zaino bueno para todo.
Los overos tienen buena fama como valientes y rendidores, era el pelaje elegido por los indios, aún más pintaban círculos blancos cuando salían de pelea.
De los tobianos, mejor ni hablar, se dice “el tobiano, para nada”.
Incluso tienen fama de poco galopadores.
Omar Moreno Palacios en una milonga corralera que tiene grabada junto a Alfredo Abalos, dice en una cuarteta:
Soy nacido en Chascomús,
Pago que fundó Escribano,
Y no conozco la envidia
Ni parejero tobiano.
Los caballos bragados tienen fama de valientes, esto viene de la leyenda que da nombre a ese pueblo de la provincia de Buenos Aires y que cuenta de un caballo de ese color que perseguido por los indios prefiere tirarse desde la barranca de la laguna del mismo nombre, antes de ser capturado.
De los caballos con clinas y cola blancas amarillentas, es decir lo que se llaman roanos o ruanos, se dice que es caballo de mujeres.
Esta creencia viene de las mujeres rubias que llegaban desde las islas británicas o desde el centro Europa.
El caballo calzado de una, es decir con una sola pata blanca se los considera de mal agüero, es decir de mala suerte.
En cambio para los calzados de dos se dice: Calzado de dos, reservalo para vos y para el calzado de tres, no lo vendas ni lo des.
Calzado de cuatro, vendelo caro o barato. ( se dice que son rodadores)
Cuando un caballo tiene una mano mora se asegura es muy ligero y con mucho amor propio.
“El pingo de mano mora,
es gaucho como mi abuelo,
corriendo no afloja un pelo
y cuando no alcanza, llora.”
Pero el color que se lleva los laureles como infatigable y ligero, aun en otras culturas es el alazán y más aun el alazán tostado.
Hay una copla: alazán tostado, antes muerto que cansado.
En un libro árabe llamado “Los caballos del Sahara” hay un párrafo que dice: “Si os aseguran haber visto volar un caballo por los aires, preguntad su pelaje, si os contestan que alazán tostado: creedlo.”
Según una leyenda que cuenta Juan Benigar, Ben-Dyab, jefe renombrado del desierto, que vivía por el año 905 de la hégira, perseguido un día por Saad-el-Zanaty, scheik de los Oulad-Yagoub, se dio vuelta hacia su hijo y le preguntó: ¿Cuáles son los caballos del enemigo que llevan la delantera?. ¡Los blancos!, contestó su hijo. “Está bien, dirijámonos del lado del sol y se derretirán como manteca.”
Algún tiempo después Ben-Dyab, dándose vuelta otra vez, preguntó: “¿Cuáles son los caballos que van ahora a la delantera?”. “Los oscuros”, le gritó el hijo. “Está bien, vayamos por las piedras y no tendremos nada que temer, esos caballos se parecen a las negras del Sudán que no pueden caminar descalzas sobre los guijarros”.
Pasado un tiempo, volvió a preguntar a su hijo: “¿Y, ahora, cuales son los caballos del enemigo que llevan la delantera?”. El hijo respondió: “Los alazanes tostados y los zainos negros”.
“En este caso, exclamó Ben-Dyab, talón, muchachos a nuestros caballos, porque estos bien nos podrían alcanzar si no hubiésemos dado cebada a nuestros animales durante todo el verano.

En la foto, “EL BEDUINO Y SU ALAZAN”. Escultura en madera de cedro policromado. EN VENTA.


jueves, 21 de marzo de 2013

DESPIECE DE UN BASTO PAMPEANO O SURERO DE PASADORES .




    • DESPIECE DE UN BASTO PAMPEANO O SURERO DE PASADORES .

      Para los amigos gustosos del tradicionalismo. A raíz de esta foto publicada de las “piezas” de un basto, me tomé el trabajo de desarmar una de mis miniaturas, que en varias oportunidades he publicado en el Face y con las que tuve el orgullo de ganar mi segunda medalla de dorada y Primer Premio en los Torneos Bonaerenses..
      Por dos motivos, uno para ver que es lo correcto y además, muchos amigos me preguntaban si verdaderamente se desensillaban como uno “real”. ¡Aquí está la muestra!
      Un basto porteño o surero consta de: (De izquierda a derecha)
      1) Sudadera o bajera de loneta (antes se usaba de cuero de oveja rasado, es decir casi pelado).
      2) Dos o tres mandiles de fibra (estos reemplazaron a las matras tejidas.
      3) Carona de suela (antiguamente se usaban dos caronas, una de cuero de vaca con pelo, una matra entrecaronas y una de suela o de piel de tigre de lujo)
      4) Los bastos propiamente dichos (ahora lisos, antes llevaban las accioneras donde colgaban los estribos)
      5) La encimera, el olvido principal del dibujo. Pieza importante si las hay en el recado. Se realiza de cuero crudo. En ella se fijan las estriberas, las boleadoras haciendo grupa, tiene dos argollas donde pende la cincha y en la que está del llamado “lado del lazo” (es decir el contrario del que se sube) tiene la “asidera” donde se sujeta la presilla del lazo, que a su vez se prende a los tientos que en ella existen.
      6) El cojinillo de cuero de oveja.
      7) El sobrepuesto (que suele ser lujoso) de carpincho o de badana, puede llevar algunos adornos metálicos en sus esquinas, dibujos, o las iniciales del dueño.
      8) Sobrecincha, en este cado de cuero crudo sobado.
      9) En el “burro” (nombre que recibe el caballete que se asienta el recado): el bozal, la cabezada, riendas y freno de copas.
      ESPERO QUE LES SIRVA

martes, 26 de febrero de 2013

¿TODOS LOS GAUCHOS ERAN UNOS ANDRAJOSOS?

Pieske Carlos Ernesto


¿TODOS LOS GAUCHOS ERAN UNOS ANDRAJOSOS?
Por supuesto que siempre ha habido pobres y ricos, gente que podía vestir bien y quiénes no.
Pero eso que todos los gauchos eran unos andrajosos… Lean esta descripción.

DESCRIPCION DEL VESTUARIO DE UN ESTANCIERO (1820)

“Sus atavíos, a la moda y estilo del país, eran magníficos. El poncho había sido hecho en el Perú y además de ser del material más rico, estaba soberbiamente bordado en campo blanco. Tenía una chaqueta de la más rica tela de la India, sobre un chaleco de raso blanco que, como el poncho, era bellamente bordado y adornado con botoncillos de oro, pendientes de un eslabón del mismo metal. No usaba corbata y el cuello y pechera de la camisa ostentaban primorosos bordados paraguayos en fino cambray francés. Su pantalón era de terciopelo negro, abierto en la rodilla y, como el chaleco, adornado con botones de oro, pendientes también de eslabones, que evidentemente, nunca se habían pensado usar en los ojales. Debajo de esta parte de su traje se veían las extremidades, con flecos y cribados, de un par de calzoncillos de delicada tela paraguaya. Eran amplios como pantalones de turcomano, blancos como la nieve y llegaban a la pantorilla, lo bastante como para dejar ver un par de medias oscuras, hechas en el Perú de la mejor lana de vicuña. Las botas de potro del señor Candiotti ajustaban los pies y tobillos como un guante francés ajusta la mano y las cañas arrolladas le daban aspecto de borceguíes. A estas botas estaban adheridas un par de pesadas espuelas de plata, brillantemente bruñidas. Para completar su atavío, el principesco gaucho llevaba un gran sombrero de paja del Perú, rodeado por una cinta de terciopelo negro, y su cintura ceñida por una rica faja de seda punzó, destinada al triple objeto de cinturón de montar, de tirantes y de cinto para un gran cuchillo con vaina marroquí, de la que salía el mango de plata maciza”.
Conviene aclarar que ese era el traje “de diario” de don Francisco Candiotti al que llamaban el Príncipe de los Gauchos..
J. Parish Robertson.

“ESTANCIERO PORTEÑO” 1830.
ESCULTURA EN MADERA DE CEDRO POLICROMADA. EN VENTA.
¿TODOS LOS GAUCHOS ERAN UNOS ANDRAJOSOS?
Por supuesto que siempre ha habido pobres y ricos, gente que podía vestir bien y quiénes no.
Pero eso que todos los gauchos eran unos andrajosos… Lean esta descripción.

DESCRIPCION DEL VESTUARIO DE UN ESTANCIERO (1820)

“Sus atavíos, a la moda y estilo del país, eran magníficos. El poncho había sido hecho en el Perú y además de ser del material más rico, estaba soberbiamente bordado en campo blanco. Tenía una chaqueta de la más rica tela de la India, sobre un chaleco de raso blanco que, como el poncho, era bellamente bordado y adornado con botoncillos de oro, pendientes de un eslabón del mismo metal. No usaba corbata y el cuello y pechera de la camisa ostentaban primorosos bordados paraguayos en fino cambray francés. Su pantalón era de terciopelo negro, abierto en la rodilla y, como el chaleco, adornado con botones de oro, pendientes también de eslabones, que evidentemente, nunca se habían pensado usar en los ojales. Debajo de esta parte de su traje se veían las extremidades, con flecos y cribados, de un par de calzoncillos de delicada tela paraguaya. Eran amplios como pantalones de turcomano, blancos como la nieve y llegaban a la pantorilla, lo bastante como para dejar ver un par de medias oscuras, hechas en el Perú de la mejor lana de vicuña. Las botas de potro del señor Candiotti ajustaban los pies y tobillos como un guante francés ajusta la mano y las cañas arrolladas le daban aspecto de borceguíes. A estas botas estaban adheridas un par de pesadas espuelas de plata, brillantemente bruñidas. Para completar su atavío, el principesco gaucho llevaba un gran sombrero de paja del Perú, rodeado por una cinta de terciopelo negro, y su cintura ceñida por una rica faja de seda punzó, destinada al triple objeto de cinturón de montar, de tirantes y de cinto para un gran cuchillo con vaina marroquí, de la que salía el mango de plata maciza”.
Conviene aclarar que ese era el traje “de diario” de don Francisco Candiotti al que llamaban el Príncipe de los Gauchos..
J. Parish Robertson.

“ESTANCIERO PORTEÑO” 1830. 
ESCULTURA EN MADERA DE CEDRO POLICROMADA. EN VENTA.

viernes, 1 de febrero de 2013

LAS “VIEJAS” CARRETAS.


LAS “VIEJAS” CARRETAS.

Abriendo huellas en la tierra virgen con sus pesadas ruedas de madera maciza, las entoldados carretas, semejaban “gliptodontes” que avanzaban pesadamente abriendo las rutas del futuro.
Picaneando los bueyes cuando era necesario, ya sea sentado en el pértigo, sobre el yugo, desde adentro del vehículo o de a pié, o a caballo, el carretero vigilaba la marcha de la carreta.
Las primeras comenzaron a circular por el camino del Alto Perú durante el gobierno de Juan Ramírez de Velazco (1595-1597) quien como lo informó en una carta al rey, al observar que desde cuarenta leguas al sur de Potosí podía marcharse a Buenos Aires por caminos de ruedas, decidió armar 40 carretas, cada una tirada por seis bueyes y destinadas a servir a la comunicación y comercio en esas dilatadas regiones.
El centro principal de construcción fue Tucumán, cuyos bosques proveían abundante madera para tal fin. Esos enormes y pesados vehículos, calificados como navíos de las pampas, se desplazaban en forma lenta pero segura por los campos desiertos. Formaban tropas integradas por diez o más carretas de Buenos Aires a Salta o viceversa, el resto del trayecto se hacía a lomo de mula. La enorme travesía de 1600 kilómetros de una ciudad a otra, cubierta por 36 postas, duraba aproximadamente unos tres meses.
La principal dificultad que debían enfrentar las tropas de carretas en su desplazamiento eran los ríos, ya que no existían puentes en el trayecto, salvo algunos en la proximidad de la ciudad de Buenos Aires. El más antiguo fue construido sobre el río Luján en 1755 y el llamado Puente Márquez fue levantado en 1773, sobre el río Reconquista en el paraje denominado Paso del Rey, donde se cobraba un peaje de un real por carreta cargada.
¡Y pensar que creemos a los peajes un invento moderno!
Poco tiempo después también la provincia de Mendoza encaró la construcción de carretas, no llevaban ni un trozo de hierro, eran madera, cuero y junco o totora, según en el lugar que se fabricaran. Podían llevar hasta 2.500 kilogramos de carga.
Cueros, lanas, muebles, personas y hasta familias enteras eran transportadas por los caminos de la pampa.
La expedición más grande que se tiene noticias fue la que se preparó durante el gobierno del virrey Vértiz con el propósito de traer sal de las Salinas Grandes (en territorio ocupado por los indios). Este producto era imprescindible para los saladeros y la sal que venía de Cádiz, España era carísima.
Las expediciones con ese destino comenzaron en 1716 y se repitieron periódicamente, pero la expedición que nos ocupa se realizó en 1778 y estaba formada por 600 carretas con sus respectivos carreteros, 12.000 bueyes y 400 oficiales y soldados del cuerpo de Blandengues.
Una cuenta simple: si una carreta desde su final hasta el cuerno del buey puntero mide unos 10 metros de largo, 600 carretas hacen un total de 6 kilómetros de expedición...
¿Qué tal? ¿Qué indio se atrevería a atacar una tropa así?
¡Hasta que las velas no ardan!
En la ciudad de Buenos Aires el principal lugar de estadía de las carretas era la Plaza 11 de Setiembre (hoy Plaza Once). Allí cientos de carretas se reunían ya descargando su mercadería o esperando la nueva carga. Si bien muchos carreteros viajaban con sus mujeres, inventores de las primeras casas rodantes, otros, en gran cantidad también, lo hacían solos y habiendo tanto gaucho libre y sin compromiso, no faltaba el vivo que en una de esas carretas hacía trabajar a alguna china en la profesión más vieja del mundo. Como nadie tenía reloj para controlar el tiempo que el cliente pasaba dentro de la carreta, este antepasado de los actuales caficios cortaba con su cuchillo velas de tres tamaños diferentes y el cliente subía a la carreta, con la obligación de mantenerla prendida durante su estadía, con la vela del tamaño según el dinero que había puesto y debía bajar cuando ésta se consumía.
Allí se acuñó el famoso refrán o mejor dicho criollo de: hasta que las velas no ardan.

En la Foto: “Carreta y Carreteros”. Escultura en madera de cedro lustrada. En venta.


sábado, 26 de enero de 2013

“LO BUENO, SI BREVE, DOS VECES BUENO”


Para la reflexión del sábado
“LO BUENO, SI BREVE, DOS VECES BUENO”

Recuerdo en mi época de estudiante, teníamos una profesora de Literatura de aquellas inolvidables y que dejaba su huella en todos y cada uno de sus alumnos.
Ella decía que el mundo se manejaba por el idioma y su importancia en la vida del ser humano, así aseguraba que el idioma de lo legal era el italiano, no de balde en la facultad de Derecho se estudiaba “Derecho Romano” como una de sus materias primeras; el de la tecnología era el alemán debido a la capacidad de sus técnicos y científicos; el de la diplomacia, el francés; el del comercio el inglés y el de la Literatura, el castellano.
Se basaba esto último en la existencia de una palabra para cada concepto. Todos hemos escuchado alguna vez sobre la diferencia entre oír y escuchar; ver y mirar y lo que más importa entre el hablar y el decir.
Los que conocen de mi trabajo saben que hace 20 años viajo permanentemente con exposiciones de mis obras y doy charlar sobre temas, fundamentalmente tradicionalistas, por la provincia de Buenos Aires.
Estas charlas me han servido de mucho pero fundamentalmente para darme cuenta cuando, dando una charla, la gente entra a aburrirse o cansarse. Se escucha una tos por aquí, otra por allá; un corrimiento de silla, las posturas comienzan a cambiar, etc. Son todos estos síntomas que uno ha comenzado a cansarlos y entonces la atención se dispersa. Lo que uno dice, pierde valor.
Si sabía de esto Winston Churchill, quien siendo Primer Ministro de Inglaterra durante la 2º Guerra Mundial, cuando era llamado por las Cámaras y los opositores lanzaban largos y aburridos discursos para que explicara cosas que él no podía decir por ser Secretos de Estado, preparaba uno de sus “puros” y se ponía a fumar desesperadamente hasta que se formara bastante ceniza en su punta, luego lo dejaba quieto en su mano. Los asistentes a la reunión, aburridos con la perorata comenzaban a calcular cuando se le iba a caer esa ceniza sobre sus papeles, lo que no ocurría. Mientras tanto perdían de escuchar, entretenidos en esto, los argumentos de los adversarios del Primer Ministro. Lo que ocurría era que Churchill había preparado su ”puro” atravesando un alambre lo que hacía que la ceniza no se cayera nunca. Cosas de zorro, como quien le dice.
De cualquier manera, nuestro idioma está preparado para decir mucho, hablando poco.
Una frase, solo una frase de un largo, pero largo discurso, suele ser la que queda tintineando en quienes escuchan…y esa es la importante, la de peso, la de valor.
Muchas veces esa sola frase, sola, vale por mil palabras.
Julio César en la Guerra de las Galias, cuando sus tropas habían perdido entusiasmo ante la batalla que se venía, simplemente dijo: “¡Iré, aunque sea acompañado solamente de mi sombra!”. Lo que fue suficiente para tocar la fibra más íntima del último de sus soldados.
Otra arenga inolvidable fue la de Napoleón previo a su combate con los mamelucos en Egipto. Simplemente dijo a sus soldados: “¡Desde lo alto de estas Pirámides, 40 siglos os contemplan!”.
A pesar que Abraham Lincoln afirmara que “El mundo no recordará por mucho tiempo lo que decimos los políticos”, acuñó una frase que aun hoy es repetida hasta el cansancio y se ha incorporado a la mayoría de los textos constitucionales: “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra”…
Cuando se inauguró el cementerio a los héroes, luego de la batalla de Geetysburg, en la guerra de la Secesión estadounidense Edgard Everett, un personaje de la cultura, preparó un discurso conteniendo 13.609 palabras y tardó dos horas en pronunciarlo, nadie recuerda que dijo. Lincoln sesudamente habló durante dos o tres minutos utilizando solamente 300 palabras, son las que quedaron en la historia.
Para traer también un ejemplo más nuestro, no olvidemos una de las máximas que dejó el general San Martín para la crianza de su hija: “Hablar poco y lo preciso”.
También tenemos varios ejemplos de sabiduría popular en los dichos: “En boca cerrada, no entran moscas” o “Para decir mucho, no es necesario hablar mucho”…
En fin, para reflexionar, las palabras se gastan, no las perdamos de gusto… ¿Ustedes, que opinan?
Y a quien le quepa el sayo; ¡Que se lo ponga!

jueves, 17 de enero de 2013

CIENCIA GAUCHA.


CIENCIA GAUCHA.

Desde tiempos inmemoriales el hombre se preocupó por determinar los cambios climáticos, más aun aquellas personas que trabajaban en el ámbito rural. Cosechas, pariciones y otras tareas propias del campo así lo exigían.
Al principio la observación de la naturaleza misma y la actitud de los animales le brindaban cierta información, pero al vivir en grandes urbes con su vorágine en la forma de vida ha hecho que los pobladores de estas ciudades hayan perdido en parte este sentido de la observación.
No ha ocurrido esto con la población rural que aun, pese a tener acceso a la información meteorológica que brindan los medios de comunicación, diarios, radios y televisión se sigue llevando por aquellos datos empíricos.
La lluvia por ejemplo tiene muchas señales, cuando el perro se acuesta con sus patas para arriba, cuando se ven muchas víboras en el campo, la laboriosidad excesiva de las hormigas que buscan lugares más bien altos son señales inequívocas de aguacero seguro.
“Si la perdiz canta,
Nublado viene,
Y no hay mejor señal
Que cuando llueve”; suelen recitar los paisanos.
Cuando los chajaes se posan en los palos de los alambrados o se ven las vizcachas cambiando las cuevas hacia las lomas, dan señal de la posibilidad de inundaciones.
Cuando el sol se pone muy rojo, será señal de buen tiempo, cosa contraria si es que sale con nubes enrojecidas.
Cuando llueve, estando en luna nueva, lloverá hasta el cuarto lunar siguiente, es señal de lluvia cuando la luna nueva se hace con sus “cuernitos” hacia abajo, pero será tiempo seco si estos cuernitos están señalando hacia arriba: “De esos cuernitos cuelga Dios el balde de la lluvia”…
El canto del hornero indica la terminación de la lluvia, lo mismo que cuando se ve el arco iris.
Viento anuncia el chingolo cuando canta de noche lo mismo que cuando los yeguarizos corren sin motivo por el campo y sus crías (potrillos y potrancas) lanzan coces al aire.
La conocida “baba del Diablo” es la acumulación de cantidad de hilos de telas de arañitas pequeñas que éstas usan para viajar llevadas por el aire, presagian viento.
Habrá tormenta si los toros se echan tierra sobre su lomo.
Un día de calor es anunciado por el canto de las cigarras o cuando a la mañana temprano las palomas torcazas y monteras arrullan en lo alto de los árboles.
En fin, son muchos los datos de estos que aún quedan en el tintero, pero sirvan estos que he escrito para dar una idea del conocimiento empírico de la ciencia gaucha.
CIENCIA GAUCHA.

Desde tiempos inmemoriales el hombre se preocupó por determinar los cambios climáticos, más aun aquellas personas que trabajaban en el ámbito rural. Cosechas, pariciones y otras tareas propias del campo así lo exigían.
Al principio la observación de la naturaleza misma y la actitud de los animales le brindaban cierta información, pero al vivir en grandes urbes con su vorágine en la forma de vida ha hecho que los pobladores de estas ciudades hayan perdido en parte este sentido de la observación.
No ha ocurrido esto con la población rural que aun, pese a tener acceso a la información meteorológica que brindan los medios de comunicación, diarios, radios y televisión se sigue llevando por aquellos datos empíricos. 
La lluvia por ejemplo tiene muchas señales, cuando el perro se acuesta con sus patas para arriba, cuando se ven muchas víboras en el campo, la laboriosidad excesiva de las hormigas que buscan lugares más bien altos son señales inequívocas de aguacero seguro.
“Si la perdiz canta,
Nublado viene,
Y no hay mejor señal
Que cuando llueve”; suelen recitar los paisanos.
Cuando los chajaes se posan en los palos de los alambrados o se ven las vizcachas cambiando las cuevas hacia las lomas, dan señal de la posibilidad de inundaciones.
Cuando el sol se pone muy rojo, será señal de buen tiempo, cosa contraria si es que sale con nubes enrojecidas.
Cuando llueve, estando en luna nueva, lloverá hasta el cuarto lunar siguiente, es señal de lluvia cuando la luna nueva se hace con sus “cuernitos” hacia abajo, pero será tiempo seco si estos cuernitos están señalando hacia arriba: “De esos cuernitos cuelga Dios el balde de la lluvia”… 
El canto del hornero indica la terminación de la lluvia, lo mismo que cuando se ve el arco iris.
Viento anuncia el chingolo cuando canta de noche lo mismo que cuando los yeguarizos corren sin motivo por el campo y sus crías (potrillos y potrancas) lanzan coces al aire.
La conocida “baba del Diablo” es la acumulación de cantidad de hilos de telas de arañitas pequeñas que éstas usan para viajar llevadas por el aire, presagian viento.
Habrá tormenta si los toros se echan tierra sobre su lomo.
Un día de calor es anunciado por el canto de las cigarras o cuando a la mañana temprano las palomas torcazas y monteras arrullan en lo alto de los árboles.
En fin, son muchos los datos de estos que aún quedan en el tintero, pero sirvan estos que he escrito para dar una idea del conocimiento empírico de la ciencia gaucha.
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martes, 8 de enero de 2013

EL CAMPO A LA HORA DE LA SIESTA.


EL CAMPO A LA HORA DE LA SIESTA.

La hora de la siesta es un rito, más diría, una necesidad y una obligación en los mediodías camperos desde la mitad de primavera hasta mitad del otoño.
Temprano se comienza y el cansancio y el calor ya se hacen sentir a partir de las once de la mañana, tanto a los seres humanos como en los animales.
El pasto, amarillento por los terribles calores se inclinan como buscando refugio en la tierra.
En las zonas más áridas, el viento realiza maniobras y levanta polvaredas de tierra en formas espiraladas.
El sol cae a plomo en ese horario y en los caminos de tierra a lo lejos la visión de los espejismos semejando grandes lagos de un color celeste son normales y habituales.
Incluso el horizonte no se ve igual, ha cambiado su forma recta por grandes ondas.
En las casas también hace calor, pero allí bajo una densa ramada se siente menos.
La cocinera, con la ayuda de una gran palangana enlozada que a perdido algo de su revestimiento y muestra los moretones que así lo dicen, llena de agua ha refrescado algo el patio. La comida del mediodía está en marcha.
A las once dará la voz de “rancho” golpeando con fuerza con un caño, un triángulo de hierro que puede ser también una campana o hasta un trozo de riel colgado de un fuerte gajo de un eucalipto cercano a sus dominios.
Esto alertará a los peones dispersos por el campo que falta una hora para saciar su sed y hambre y desde los distintos puntos en que les ha tocado la tarea diaria comienzan a levantar sus cosas para arrimarse.
Los perros que han quedado en la casa, generalmente los más viejos y los cachorros, con un jadeo característico y sus lenguas afuera buscan refugio debajo de los carretones, se echan y ante cualquier ruido extraño, apenas abren sus ojos como para adivinar porque fue provocado.
Al rato comienzan a caer los peones, resoplidos, algún comentario sobre la temperatura son moneda corriente mientras desensillan. Los caballos sudados, no dejan de mosquear alejando tábanos y mosquitos que lo molestan permanentemente y sus colas se mueven en forma de latigazos a ambos lados. Muchas veces me pregunto de donde ha salido la costumbre que existe en muchas zonas de nuestro país de cortar la cola de los yeguarizos al marlo.
Los caballos son llevados a la bomba o molino cercano y con una lata de duraznos destapada a cuchillo son bañados para mermar de alguna manera el calor, se les permite tomar agua, a traguitos y despacio, luego solamente embozalados son llevados a la sombra mientras los recados son dejados a su lado.
Los más cuidadosos les colocan un morral con algo de maíz, como para que se sientan reconfortados y de alguna manera agradecer su colaboración.
Luego, entre risas, toses, y charlas se dirigen a la bomba para higienizarse.
Los lugares más frescos son los elegidos para sentarse en algún tronco o hasta en sus propios talones y yerbear un rato esperando el almuerzo. Soy franco, cuando chico era mi deseo ser como ellos, y de ellos copiaba actitudes y posiciones, pero pese a mi corta edad, en esa posición de sentarme sobre los talones no duraba mucho, sino me acalambraba, me iba torciendo hacia un lado y caía al rato con toda mi humanidad en tierra.
Nuevamente se escuchan las campanadas, falta media hora para el almuerzo.
El calor agobia, se escuchan a las palomas arrullar en lo alto de los árboles y de vez en cuando el canto de las cigarras así lo corrobora.
Las gallinas escarban en la tierra con sus picos abiertos.
Una tercera llamada hace que los peones en tropel se acerquen a la cocina a saciar su patito.
Y luego sí, viene un silencio casi total cuando todos se van a sus catres a “gastar” un sueñito. Solamente se oirá el ruido de la cocinera limpiando los trastos utilizados.
A eso de las cuatro comenzará la actividad nuevamente.
UN RECUERDO DE UNA SIESTA
Recuerdo que en una estadía de verano en la estancia y debido a una travesura, para mis hermanos y para mí se nos habían terminado las horas de la siesta levantados y no bien almorzábamos debíamos recostarnos hasta que el sol no estuviera tan fuerte. Cosa que prácticamente hacía todo el mundo en la estancia en el verano.
Pero a mí me sonaba como un durísimo castigo, además, ¡qué desperdicio de tiempo cuando en la estancia y en su monte lindero había tanto para ver y para investigar!
Uno de esos días en que debíamos ir a acostarnos “sin ganas”, se me ocurrió una solución, me recostaría y una vez que notara el silencio que se hacía a la siesta, me levantaba y listo.
Y así lo hice, callado, sin un solo ruido, me levanté y me encontré de pronto con un mundo vacío de gente para mí solo.
Hacía calor y las torcazas lanzaban sus característicos arrullos desde lo alto de los árboles. De los ejemplares del monte se destacaba un eucalipto que, enorme, estiraba unas ramas bajas a la manera de brazos buscando el sol que le tapaban algunos otros árboles que lo rodeaban. Estaba en pleno trabajo investigativo de unos nidos de cotorra que en ese árbol había, cuando escucho la voz de mi madre que me llamaba: -¡Carlitos! ¡Carlitos!
Lo que nunca pasaba, había ocurrido. Mi madre había ido a nuestra pieza, notó mi ausencia y ahora me buscaba.
Por mi cabeza pasó en un segundo cual sería el desenlace de esta aventura y en mi temor a esto, embarré aún más la cosa.
Bajé del árbol y me escondí en un escusado abandonado que había a unos pasos de allí. Era de pared de mampostería y por los años que tenía de construido mostraba sus ladrillos donde el revoque no había resistido el paso y las inclemencias del tiempo. Mediría metro y medio de ancho por metro y medio de largo, con su techo de chapa de un solo agua, su puerta de madera agarrada en una sola bisagra de las tres que tenía y esas ventanitas triangulares características en este tipo de construcción. Desde allí podía ver el panorama.
Veía a mi madre hablar con mi padre, los peones que se habían levantado antes de su siesta, vi que algunos ensillaban sus caballos y salían al campo. Veía a Roberto Valenzuela, el peón domador de la estancia, un verdadero atleta del que algún día les contaré, con un lazo en la mano y yo me imaginaba lo que iba a hacer. Alrededor del casco había varios pozos ciegos abandonados y este gaucho era experto en bajar a ellos suspendiéndose con el lazo.
¡El asunto se ponía fiero!
Luego me enteré que el mayor temor de mis padres era relacionar mi falta con un hecho ocurrido hacía dos días. En la cocina de peones, por motivos triviales, se armó una discusión entre dos de ellos y Ramón Ríos, un correntino de muy mal talante, sacando su cuchillo invitó al otro a pelear, momento en el que llegó mi padre, despidiéndolo. ¡Y mi desaparición sonaba a venganza!
Yo desde mi escondite veía todos estos movimientos y no sabía qué hacer. La cosa se ponía peliaguda, como dicen en el campo.
Habría pasado una hora y media, que a mí me parecieron años, cuando escuche algo que me desarmó. Era mi madre llorando que decía: ¡Carlitos! ¡Dónde estará Carlitos!
Y este llanto sacudió todas las fibras de mi ser. Salí de mi escondite diciendo: -No llores mami, aquí estoy.
-Así que ahí estás- escuche vociferar a mi padre mientras se sacaba una de las alpargatas, que en chancleta se había calzado en el apuro, me agarraba por detrás, de la faja, y me ponía en sus rodillas sacándose de encima todo el nerviosismo y el mal trago que les había hecho pasar.
Desde ese día di por terminadas mis exploraciones a la hora de la siesta y era el primero en irme a dormir, pero lo que más me dolía era aguantar las cargadas de los paisanos, que cuando pasaba al lado de ellos decían burlonamente: -Bueno, aquí llega Rueda y Luna- haciendo mención a las dos marcas de alpargatas que se fabricaban y vendían en esta época, pues me cargaban que mi padre, en la paliza, me las había dejado estampadas en los glúteos.
Hoy, que soy padre y abuelo, recuerdo esta anécdota con una sonrisa y vale una aclaración, no me trajo ningún trauma infantil ni jamás tuve que consultar a un sicólogo.
 

UN ATARDECER CAMPERO.


UN ATARDECER CAMPERO.

Para terminar este recorrido que hemos transitado en un día en el campo, nos falta el atardecer.
El calor va mermando y se siente una suave brisa que hace que el ambiente se torne más fresco.
El sol va bajando en el horizonte y colorea las pocas nubes que viajan por el cielo de un color rosado, las sombras se hacen más largas.
Los paisanos que han regresado de sus tareas habituales desensillan sus caballos, guardan los recados en el galpón y previo a un buen baño para quitarles el sudor, son largados al campo. Algunos salen caminando cansinamente, mientras que otros lo hacen con atropelladas y no falta alguna patada al aire, que suena a alegría al sentirse libres.
Resuena el golpe del hacha y los rolos cercanos a la cocina se convierten en astillas que son llevadas a la cocina sobre una carretilla media destartalada, cuya rueda rechina girando en su eje pidiendo a gritos un poco de grasa.
A cortito trecho, algunos se revuelcan en la tierra del camino cubriendo de tierra sus vapuleados lomos.
El crepúsculo sigue avanzando y las gallinas, en torpes y pesados vuelos, se encaraman en las ramas de los árboles cercanos para pasar la noche.
De la cocina de peones sale un tufillo a comida en preparación, señal que la cocinera a comenzado su actividad.
Algunos gatos restregándose contra los muros van acercándose con la idea de dormitar junto al fogón.
Otra vez se produce la cola de paisanos, palanganas en mano, toallas en el cuello cual si fueran bufandas y alpargatas ahora en chancletas, frente a la bomba sapo que no deja de verter agua para la higiene.
A lo lejos se repiten los ruidos de algún ladrido de un cuzco, el balido de alguna oveja o el alerta del conocido chajá que ha descubierto algo que lo inquieta.
Los pájaros callan y pronto el cielo se tachonará de estrellas a las cuales ya el lucero les lleva la delantera.
Ahora la actividad se centra en la cocina de peones. Por la puerta abierta sale la luz de los faroles que ya se han encendido.
Este lugar, la cocina de peones, ejercía sobre nosotros un atractivo especial y cuando escribo nosotros me refiero a los tres hermanos.
Allí, luego de la refrescada, se reunía la peonada para comentar lo pasado durante el día y más tarde conversar sobre sucedidos y otros temas mientras mateaban entre risas y exclamaciones esperando la hora que la cocinera, anunciara que la cena estaba lista.
Este ambiente mediría unos cinco por seis metros; en un extremo había además de una gigantesca cocina económica un gran fogón que semejaba a un escenario de teatro donde siempre encendidos había unos grandes troncos que mantenían caliente el agua de una gran pava, negra de recibir tanto humo, que colgaba del techo de una cadena con un gancho.
En uno de sus laterales tenía la puerta de madera de entrada y una ventana y en el otro lateral, dos ventanas más.
El cielorraso, de manojos de junco bien atados, estaba tan negro como la pava.
La cocina tenía un olor característico y que aun hoy recuerdo, era una mezcla del acre del humo, que en ocasiones y dependiendo del viento reinante, escapaba en borbotones del fogón con lo rancio de la grasa que se utilizaba para cocinar.
A la nochecita uno a uno iban llegando los peones para “yerbear” un rato.
Cada uno de ellos traía en una mano una pavita de aluminio y en la otra su mate y bombilla y luego de cargar agua de la pava “madre” y llenar su mate de una gran yerbera de madera, que a nosotros se nos antojaba a un rancho con el techo a dos aguas, se sentaba ceremoniosamente en unos troncos o pequeños banquitos, cerca del fogón en el invierno y en el otro extremo o afuera, bajo el alero, en verano formándose poco a poco un círculo de personas deseosas de charla y jarana.
Los perros entran y salen de ese lugar, indecisos, buscando donde echarse.
Ese era precisamente el momento que nosotros esperábamos para escuchar sus cuentos y comentarios.
Don Cáfaro, era un gaucho muy alto y calculo que andaría por los cincuenta años.
Siempre vestía de negro, con chambergo requintado con su correspondiente retranca y un pañuelo de golilla, grande, de seda muy blanco, atado al cuello. Lucía un fino bigote, siempre muy bien recortado, a la usanza de los cantores mejicanos de las películas.
Muy serio, por lo general callado, pero cuando hablaba se notaba en sus palabras y en su retórica el haber recibido algún tipo de educación. Su voz era grave, profunda y sabía hacer las pausas e inflexiones para mantener cautiva la atención de sus oyentes.
Hoy pienso que era algo estudiado y a propósito para, de alguna manera jugar con la simpleza de sus compañeros, pues siempre, o casi siempre guardaba su cuento o comentario para el final.
Una de esas noches la tertulia había versado sobre ánimas y aparecidos. Casi al final, don Cáfaro, que como era su costumbre se había mantenido callado, carraspeó fuertemente sabiendo de antemano el silencio que con esa actitud se produciría y haciendo una pausa dijo: - Caso serio, pero muy serio, es cuando se aparece el basilisco. Es un animalito que mata con solo mirarlo.
Y comenzó a contar varios casos de los que él mismo había sido testigo o que le habían contado de muy buena fuente.
Que tenía forma de viborita o de gusano con un solo ojo en su frente con el que miraba y dañaba a las personas.
Que les producía los síntomas de la epilepsia y que llevaba mucho tiempo curarlas.
Que las víctimas más buscadas por este animalito eran las mujeres... y los chicos.
Hacía de cuenta que el mundo se nos había caído encima. Sentíamos correr un sudor frío por nuestras espaldas y de alguna manera habíamos quedado petrificados en nuestros asientos. Para colmo siguió: - este bicho nace del último huevo que vacío pone una gallina vieja. Cuando se encuentra un huevo así hay que enterrarlo muy profundo, pisoteando fuertemente el lugar y con un palito o la punta del cuchillo hacer una cruz en la tierra.
De alguna manera, doña Sara, cortó el sortilegio al llamar a los peones a cenar, pero nosotros debíamos recorrer los cincuenta metros que había desde la cocina de los peones hasta la casa principal, solos y en total oscuridad.
Era una noche de verano, de esas verdaderamente cálidas y pegajosas, en las que sopla el viento del este agitando las ramas de los árboles.
Caminamos temblando los primeros pasos. Parecía que cientos, que digo, miles de ojos nos miraban desde la oscuridad. No sé cual de nosotros fue, pero se escuchó un ¡Vamos! Y salimos corriendo de tal manera que en pocos segundos estábamos a salvo en la cocina de casa.
De más está decir que esa noche no pudimos dormir, cerrábamos los ojos y veíamos bichos, gusanos, lombrices y todo tipo de invertebrados. La mañana llegó sin que pegáramos un ojo.
Y... ¿De ir a juntar huevos? ¡Que ni se les ocurriera!

En la foto, cuando nos mandaban a buscar huevos.

viernes, 4 de enero de 2013

LOS RUIDOS Y LOS SILENCIOS.


La ciudad y el campo.
LOS RUIDOS Y LOS SILENCIOS.

Como soy una persona lumínica (alguna vez ya he explicado de que se trata), por más que me acueste tarde, con la primera claridad estoy despierto. No sé todavía si esto es bueno o malo, pero tiene a favor que aprovecho con todo ese día que Dios me regala, pero por otro lado, pierdo así horas de sueño.
En esto pensaba el 1er. día del año, cuando luego de las celebraciones de Nochevieja me levanté y en las calles de mi querido Chascomús no se escuchaba volar ni una mosca.
Reflexionaba también sobre el error de la gente de las ciudades cuando dicen: “Que lindo sería vivir en el campo… ¡Cuánto silencio habrá por las noches!” a lo que suelo contestar que están muy equivocados, en el campo también hay ruidos nocturnos y más aún, de una variedad muy superior a los constantes ruidos de motores de los vehículos y algún que otro bocinazo, que de alguna manera producen acostumbramiento.
Recordaba otras épocas de Chascomús, cuando aún no estaba interconectado al servicio eléctrico nacional y cuando la energía eléctrica que consumía nuestros hogares era de un generador que estaba en lo que nosotros llamábamos la Usina Vieja. Era inmenso y provocaba un ruido que en días calmos se podía escuchar a varios kilómetros a la redonda. Su cuidador nocturno era don López, quien colocaba una silla al lado del motor y se dormía plácidamente, solamente se despertaba cuando el generador, por alguna falla u otro motivo cambiaba su ruido o su ritmo. Luego de tantos años de trabajo yo creo que el ruido que provocaba era para él como un arrorró o canción de cuna.
Eso también ocurre, uno se acostumbra a los ruidos, para terminar convenciéndose de que no existen.
Yo creo que si una persona del campo que va a la ciudad no podrá dormir durante las primeras noches y lo mismo le ocurrirá con una de ciudad transportada al campo.
Con las últimas claridades del día, el campo comienza a adormecerse, la gente, debido a tener que levantarse temprano, temprano también se va a dormir.
El manto de la noche todo lo cubre y parece que el silencio será total, pero no es así.
Unos balidos lastimeros pueblan la noche, son los terneros hijas de las lecheras que serán ordeñadas no bien venga la primera claridad del día. Están encerrados en el chiquero y llaman a sus madres. Estas, más acostumbradas rumean cerca del corral del tambo y de vez en cuando dejan esa tarea para soltar unos mugidos continuos como diciendo a sus crías: “No te preocupes, estoy aquí”.
Unos ladridos impetuosos y una espantada seguida de un galope que se aleja, dan la pauta de que algún yeguarizo se ha acercado demasiado a la casa y esto ha preocupado a un perro guardián que dormía plácidamente debajo de un vagón, eso despierta a los otros perros y lanzan algún que otro aullido, pero sin ganas.
Por unos momentos el silencio lo gana todo. De pronto, algo lejos de la casa, gritos de teros enojados delatan el paso de algún zorrino o comadreja en cacería nocturna y que ha osado pasar cerca de su nido.
La brisa nocturna, leve, pero constante, silba entre las ramas de los eucaliptos moviéndose acompasadamente.
La rueda del molino cercano quiere girar y produce el rechinar de sus aletas, sujeta a la rienda de alambre que la frena y de la que da tirones, de porfiada nomás.
El silencio vuelve, pero solo un instante, nuevamente se rompe con los chistidos de una lechuza en su silencioso vuelo que ha descubierto un ratón que corre presuroso al galpón donde se guardan los cueros.
A lo lejos se siente un cencerro que tañe en el cuello de la madrina quien aprovecha la tranquilidad para caminando ir arrancando los tiernos pastos apenas mojados por el rocío nocturno.
¡Esos son los ruidos del campo! ¡Qué me vengan a hablar ahora de silencio y tranquilidad!